PROYECTO "NO COMERCIAL" DE EDGAR MORA CUELLAR, HOMENAJE A UN AMIGO


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Cuento de Eutiquio Leal

(Primer premio en el concurso del festival de Arte de Cali, 1968)

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SITIO CON INTENCION DE DAR A CONOCER LA VIDA Y OBRA DEL PROFESOR EUTIQUIO LEAL


martes, marzo 21, 2017

Canto de infancia

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De Eutiquio Leal

(Publicado en el Periódico de Chaparral "CORREO DEL TOLIMA" 31 DE DICIEMBRE DE 1978)
Directores: Martha Ramos R. y Gustavo Hernández R. - Jefe de Redacción: Gustavo Hernández R.
Colaboradores: J. Aldo Buenaventura, Leovigildo Bernal, Darío Ortiz Vidales, Alfonso Reyes Echandía, Eutiquio Leal, Luis Rosendo Cárdenas, Carlos Luis del Cairo. - Coordinadora: Chaparral: Mery R. de Ramos


Cuando un niño campesino toma su camino hacia la huerta o el cafetal, los árboles y las fuentes de aguas vivas infunden ánimo a su espíritu y refrescan sus pasos.

Cuando éramos niños aún la grama del patio fue nuestra, y nos ayudaba con su rocío madrugador. Entonces el follaje del bosque nos acogía con su arrullo, la piel de la tierra se confundía con nuestras plantas desnudas y, como quien quiere lo suyo, la naturaleza se nos entregaba como a su propio amante.

Jugábamos con ramas silvestres y con flores del campo, con las ondas y las espumas del río, con los pedruscos y las pocetas de la trocha. Cazábamos mariposas, corríamos tras de la Luna llena, nos alumbrábamos con cocuyos y elevábamos cometas contra el furor del viento.

Nuestros recuerdos traen imágenes de gratitud y placer, pero también otras de ingrata memoria. De pesares y sinsabores. Porque había niños que no alcanzaban a la delicia del paseo y la canción. Eran párvulos de labor, de sufrimiento, de angustia. Pequeñuelos desconocidos para los encantos de la patria. Niños sin niñez, huérfanos de amor. A cambio del regocijo a que todos los niños del mundo tienen derecho, los pobres niños pobres debían sudar y fatigarse como adultos. A veces tenían que hacerlo como animales.


Rodeando mulas u ovejas por los rastrojos, a la madrugada grande, muchos niños ensordecieron de tanto gritar, o dejaron sus tiernas uñas en los filos de las piedras o en las astas de los troncos. Desyerbando sementeras con machete o azadón, algunos se volvieron gibosos o se deshidrataron hasta achicharrarse. Otros perdieron la piel de sus manos delicadas contra cachas y cabos de bruscas herramientas. Cargando bultos y tercios pesados e incómodos, muchas espaldas infantiles se ampollaron y sus débiles pechos se sumieron bajo la bruta presión de cinchones y pecheras. La incipiente voz de algunos niños de aldea se hizo ronca y fue apagándose poco a poco, en el trajín diario y nocturno de espantar fieras o ahuyentar pájaros ladrones.

Nos duele recordar aquella infancia en que unos pocos niños se divertían y eran felices como payasos, mientras muchos otros trabajaban y padecían como siervos. Nos duele pero no podemos dejar de recordarlo. Es un ejemplo. Algo que nunca debería repetirse. 

Los niños colombianos, así como los del mundo entero, nacen de la misma manera, deben criarse en la misma forma, necesitan la misma oportunidad para educarse e instruirse y producir todos para todos. Del mismo modo y por las mismas razones que todos hemos de cerrar los ojos un día y volver a la tierra por igual.

Por eso deseamos que los niños, compatriotas y extraños, encaminen sus juegos y sus cantos, sus pensamientos, su labor y enlacen sus manecitas como una trenza para el bien de todos. Que la satisfacción se reparta por igual.

Que la felicidad no se le prohíba a nadie, por nada. Que el sufrimiento y el dolor sean borrados del mundo de los pequeños. Que a ninguno se le niegue tiquete para la vida, para la paz, para actuar en ronda por la dicha colectiva. Que todos los infantes de Colombia puedan jugar siempre antes de los años de producir. Que ningún niño labore durante sus años de jugar.

martes, abril 29, 2014

LA OPINION AJENA - Eutiquio Leal - 1979

LA OPINIÓN AJENA
 

LA HISTORIA DE ACTUALIDAD
 

2- LOS MUERTOS QUE VOS MATASTEIS...
 

Sobre una fatídica montaña de perseguidos, prisioneros, torturados y cadáveres de luchadores armados y de pacíficas y laboriosas gentes del pueblo (hombres, mujeres y niños) ha seguido momificándose el despotismo de una oprobiosa dinastía, que desacredita más a esta especie de obsoleto sistema gubernamental.

Esta macabra dinastía del terror y la entrega nacional en beneficio de una millonaria fortuna familiar, en Nicaragua se inicia con Somoza I (el primer Anastasio) (1937) luego del matrero asesinato de Sandino, por orden de quien así despejaba su ascenso al trono. En 1956 le sucede en la silla soberana y manchada su hermano Luis (el Somoza II), gracias a maniobras personales de su antecesor y carnal. En 1967, después de asesinar al candidato contendor durante pleno debate electoral, Somoza III (el segundo Anastasio) accede al trono doblemente ensangrentado. Para despejar la trocha deshonesta de la sucesión consanguínea, un tercer Anastasio (un presunto Somoza IV) hace asesinar al periodista Pedro Joaquín Chamorro, el más opcionado opositor al siguiente, soberano que habría de reinar a partir del no muy remoto año 1981.

Es curioso que la perpetuación de esta dinastía sea considerada como "segura" por parte de su monarca actual (el más terco y criminal de los Tachos). En esa demoníaca convicción ha declarado reiteradamente "...ahora estoy más firme que nunca..." (?!) Y no es que ignore u olvide que las dinastías de casta han concluido para la historia significativa del mundo, así como estas de tipo familiar-neofascistas ya están finiquitando en nuestra América! Más bien parece que se tapara los ojos y los oídos, al mismo tiempo que se borrara todo recuerdo de su memoria. Porque históricamente la humanidad sabe que el destino de la dinastía del sómozato ya tiene contados sus excesivos días de consanguinidad sanguinaria. Ya es cuestión resuelta, pues la guerra popular de liberación en que viene empeñado casi todo el pueblo nicaragüense, ahora se ha transformado en una verdadera bomba de tiempo. Y el tiempo trabaja para quienes luchan en el sentido de la historia.

Siendo que la acción popular no ha dado treguas largas al dominio norteamericano y a sus agentes los Somozas en este siglo, es a partir de 1934 cuando adopta formas diversas entre las cuales no es la lucha armada lo que predomina, sino más bien su combinación con todas las otras formas de lucha: legales e ilegales.

La creciente persecución y represión económica y política contra las masas trabajadoras y organizadas, el empleo de las armas oficiales frente a toda manifestación o huelga, el encarcelamiento, la tortura, la masacre y el genocidio practicados para eliminar al pueblo, a sus organizaciones y a sus dirigentes gremiales y políticos: todo este terrorismo oficial ha mantenido a la vanguardia laboral y política en permanente lucha. Pero es desde 1961, a partir del ejemplo de Cuba, cuando empieza a masivizarse el movimiento. Entonces surgen las condiciones para crear lo que (auspiciado por veteranos sandinistas como Santos López) hoy es el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Este amplio movimiento reúne y unifica hoy a las fuerzas democráticas y revolucionarias: desde el Partido Socialista (comunista) hasta liberales, independientes y sin partido, pasando por todo el abanico de izquierdismos y ultraizquierdismos. Así el sandinismo, en forma creciente, se ha venido convirtiendo en un amplio movimiento político de todo el pueblo nicaragüense. Todos acordes en derrocar al somocismo y su camarilla proyanqui, todos en busca de la liberación nacional de la patria y de la liberación social de sus trabajadores manuales e intelectuales.

Gracias a este proceso, en octubre de 1978 ocurre un verdadero salto de calidad en estas prolongadas luchas. El FSLN lanza una ofensiva general, política y militar, combinando todas las formas de lucha permitidas, semilegales, prohibidas y armadas. Ante este ascenso de la lucha de masas; la dictadura asesina al periodista conservador Chamorro, lo cual hace estallar el polvorín popular, Y se inicia el Paro Nacional de protesta por tal crimen. Como medida de autodefensa, la oposición oligárquica representada en el partido político denominado Unión Democrática de Liberación (UDEL) se suma al Paro Nacional contra los asesinos. Claro que lo hace confiada en conseguir apoderarse de la dirección del movimiento popular e impedir, así, una solución democrática del conflicto. En las dos semanas de este Paro General, y como solidaridad activa, las masas libraron verdaderos combates callejeros con casi todo el país.

A raíz de aquellos últimos acontecimientos Estados Unidos, por orden de su presidente míster Cárter, aumentó su apoyo a la dictadura de Somoza, llegando hasta situar un barco de guerra en aguas de Nicaragua para reforzar a su socio y a sus 15.000 esbirros de la Guardia Nacional.

No obstante las últimas vacilaciones del Pentágono, sobre todo en declaraciones públicas, el dictador Somoza ha expresado muchas veces su gratitud y su respaldo a la política intervencionista de Estados Unidos respecto a Nicaragua.

Los heroicos combates populares de Managua, Masaya, León, Estelí, Chinandega... durante aquella ofensiva popular, han pasado ya a las páginas de la epopeya continental contemporánea. Y las masacres y genocidios, perpetrados por la tenebrosa Guardia Nacional, también han quedado inscritos en la más oscura cronología del imperialismo norteamericano y su socio y ahijado el sómozato.

Pero así mismo se ha actualizado el clásico anuncio español, en este caso contra la dictadura del último Tacho: "... los muertos que vos matasteis gozan de buena salud...".
 

EUTIQUIO LEAL

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LA HISTORIA DE ACTUALIDAD
 

3.- LIBERACIÓN NACIONAL DESALINEADA
 

La insaciable voracidad de Somoza y sus válidos, que fueron acaparando cada vez más empresas, negocios y negociados, impulsó las condiciones del mayor aislamiento del sátrapa y su gobierno. El acrecentamiento de su fortuna (que fue su infortunio) personal hasta la fabulosa suma de dos mil millones de dólares, desde luego desalojó a muchos pequeños, medianos y grandes capitalistas y los puso al margen de las ventajas y prebendas de que se benefician los monopolios. Lo ocurrido a partir del terremoto de 1972 es bien diciente. Como en ese momento lo más urgente era reconstruir a Managua, entonces el dictador se apoderó de la esfera de la construcción y de la banca que habría de financiarla, con lo cual liquido a todos los otros negociantes y capitalistas que tradicionalmente venían "trabajando" esta actividad económica. Puso a su santo servicio los aportes y ayudas internacionales y los préstamos a largo plazo, hasta llegar a la desvergüenza y la ladronería de alquilar o vender todas las casas del barrio "Colombia" que obsequió nuestra patria a Nicaragua. Desde entonces Somoza monopolizó las compañías de cemento y el mercado de la construcción, todo en contubernio con el capital monopolista norteamericano.

A las anteriores causas económicas de los últimos tiempos, se sumaron sus repercusiones sociopolíticas. Ya no fueron solamente los sectores más avanzados de la clase obrera, del campesinado, de los artesanos, de los dependientes de la industria y el comercio, de los estudiantes, los trabajadores manuales e intelectuales, quienes acompañaban a los guerrilleros sandinistas en su lucha contra la satrapía y el dominio yanqui. Ahora se agregaban sectores de los pequeños, medianos y grandes capitalistas, amplios sectores de la burguesía nacional. Y se organizaron en el Frente Amplio de Oposición (FAO) que luego habría de constituir la cúspide llamada Grupo de los Doce. Son estas consecuencias de la "política" económica del somozato.

Así se fue concretando y ampliando la unidad de todas las reservas nacionales, patrióticas y democráticas; y este fue el factor sin el cual no hubiera sido posible ese vasto apoyo masivo del pueblo nicaragüense al movimiento guerrillero que derrotó militarmente a la Guardia Nacional, creatura de Estados Unidos y sostenida por ese gobierno hasta última hora. Fue por ello por lo que míster Cárter hizo todo lo humano y lo divino por interferir con argucias el desenlace revolucionario de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional.

Es claro que, de haberse impuesto las maniobras imperialistas, muy otra sería hoy la suerte del pueblo de Sandino. Si el secretario de Estado, míster Cyrus Vanee, hubiera conseguido que la Organización de Estados Americanos (OEA) le aprobase su envío de una "fuerza de paz" a Nicaragua (el 21 de junio pasado) ello se habría convertido en otra ocupación militar gringa. El somozato habría cambiado de capuchón pero su esencia antidemocrática, antinacional y profascista hoy seguiría reinando con la asesoría y el apoyo económico-social y el apoyo económico-político del Pentágono.

Sólo que ya en nuestra América empiezan a existir intereses económicos y gobiernos de serias contradicciones industriales y mercantiles con los monopolios norteamericanos. Y nos es que aquellos sean gobiernos auténticamente democráticos (como quieren hacernos creer); es que la presión de los intereses de las burguesías nacionales y de los pueblos concientizados se manifiestan con mayor vigor ahora. Han quedado atrás (ojalá enterrados para siempre) los tiempos de la "guerra fía que predominaron en conferencias panamericanas como la de Bogotá o la de Punta del Este.

La ofensiva general (militar y política) del mes de julio, mediante la cual el pueblo en armas logra liberar a Nicaragua; la designación de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, de una composición tan amplia y diversa; la presión de algunos países de América Latina, por la renuncia del sátrapa y el reconocimiento de la Junta; la demagogia habilidosa de Estados Unidos en el mismo sentido, para no dejarse aislar; la unificación total de la nación y su combatividad heroica; la campaña de solidaridad desplegada en todo el mundo; todos estos son factores determinantes de la victoria que ha llenado de júbilo y optimismo y resolución a todos los pueblos explotados y oprimidos, especialmente en nuestro Continente.

La primera etapa, de liberación nacional desalineada, está concluyendo en Nicaragua. Porque las razones de la burguesía y el conservatismo para oponerse hasta el final el somozato y su amo gringo, caducarán pronto. Porque se inician las nacionalizaciones democráticas, el desmonte de la nefanda Guardia Nacional, el juzagamiento de los criminales de guerra y genocidas. Etcétera. Y los latifundistas medirán su nacionalismo en proporción inversa a "sus" hectáreas de tierra. Y la cacareada ayuda norteamericana, el reconocimiento de su independencia política, se irán poniendo a prueba.
 

EUTIQUIO LEAL
 

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jueves, abril 10, 2014

LA CAPUCHA - Para Darío Ortiz Vidales

LA CAPUCHA
(Del libro inédito PARTE SIN NOVEDAD)
Para Darío Ortiz Vidales
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Publicado en: Página2 - CORREO DEL TOLIMA* - Abril 30, de 1979
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Y ya se me ha olvidado todo hasta cómo era el mundo, el de antes y en especial este último de aquí que ni mundo parece pues en él yo me muero abatido por tamaño fogonazo del pecho... sólo ahora vengo a pensar que no puedo vivir sin ver el mundo sin mirarlo, un poco tarde es cierto pero lo definitivo es que ya he logrado entender esta gran verdad oculta desconocida para muchos o acaso no para tantos según lo estoy oyendo y sintiendo pero según no lo he podido ver desde que me tienen así, porque ya ni sombras del muro ni bultos de los esbirros ni borrones de las paredes ni siquiera la vaga vislumbre del día o de la noche... desde entonces sólo oír las quejas de los detenidos sus lamentaciones los alaridos oír los pujos moribundos, desde entonces siento en mi pecho la tragedia de los otros la pena multitudinaria, siento el dolor unánime en el dolor de los vecinos o de los trasladados del calabozo a las caballerizas y de las caballerizas al cementerio clandestino y de allí al dolor de cada compañero de cada familiar de cada ser humano... en estas condiciones no queda más que imaginarme el mundo intuir la vida recordar las torturas representarme a los verdugos suponer la poceta de ahogamientos y el muro de los plantones y las puertas y la reja, de día de tarde de madrugada de noche a toda hora... fantasear en torno a lo que hubo y a lo por haber a lo que haya sido y a lo talvez posible, no queda otra cosa que inferir si es que uno tiene alguna esperanza de libertad o de vida y si se dispone de la voluntad y la resistencia física, imposible aquí y ahora pero forzosamente indispensables de vida o muerte... me sube hasta la boca este sabor salobre que es purita sangre... en esta situación de tendido todo se me ha vuelto oscuro en la mente negro tétrico nebuloso caótico callejón sin entrada ni salida sin un sólo posible en mi entendimiento, sólo la seguridad seguridad absoluta del compañerismo y la camaradería que entran hasta este laberinto, no los veo pero los he experimentado por el oído y la nariz por las manos por los abrazos y los besos... desde luego esta fraternidad no la tengo siempre a mi alcance aunque a toda hora existe de cuerpo presente sin embargo sólo me permitían sentirla y palparla un domingo no y otro sí y eso durante dos horitas nada más... pero algo es algo y lo que importa al fin y al cabo es que cada dos semanas he podido sentir y palpar toda la camaradería del
mundo al contrario de los fantasmas que me trajeron esposado esposado hasta aquí, claro que no supe quién fue o quiénes fueron esos fantasmas sólo hago memoria de que me cayeron por detrás y me taparon los ojos primero con algunas manos grandotas y peludas después me vendaron con algún pañuelo blanco, de contraluz aquel pañuelo me permitía vislumbrar vagamente el día o la noche las tinieblas del mundo la sombra de las gentes el nublaje de los objetos y sólo con las manos manos pude conocer el muro de los plantones... pero eso fue antes quién sabe qué semana o qué mes porque ahora no ahora ya hace no sé cuándo se dieron cuenta que el pañuelo no era suficiente que me alcahueteaba ciertas entreluces entreluces y entonces fue cuando me zamparon encima esta capucha negra sin ranuras de ojos ni nada... a partir de entonces me siento sonámbulo sonámbulo entre un infierno de carbones apagados... y sigo tendido sintiendo salir por la espalda lentamente mi plumita de sangre tibia sangre... que ha formado ya esta charca... en que navego sangre vaya a saberse desde qué hora... del día o de la noche... de qué día... de qué... no... [Del libro inédito PARTE SIN NOVEDAD.]
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* CORREO DEL TOLIMA
Periódico Cultural, Cívico, Patriótico y Progresista al servicio de Chaparral y del Sur del Tolima
AÑO I No. 8 - LIC. EN T-
Directores: Martha E. Ramos R. y Gustavo Hernández R.
Abril 30, de 1979  - $4.00

sábado, marzo 22, 2014

Eutiquio Leal - “De Viva Voz”

Programa “De Viva Voz” - Colección 220 - De viva voz - Señal memoria
Espacio escrito y dirigido: Por Jaime Montoya Candamil
Un testimonio de las letras hispanoamericanas en las voces de sus autores más representativos.
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De Viva Voz - Eutiquio Leal Programa No 8
En esta emisión se presenta al escritor Colombiano Eutiquio Leal, hablando sobre los talleres para escritores que fundo en las universidades del Valle, del Tolima y la Nacional de Bogota, entre otras. Este maestro de ideas y cabellos largos lleva 7 libros publicados, entre novela, poesía y periodismo. En 1983 terminó de escribir un libro sobre el funcionamiento de los talleres que recogen las experiencias de 20 años de inquietudes literarias.
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domingo, febrero 16, 2014

Análisis estético en la literatura

Talleres de crítica literaria: Análisis estético en la literatura

Laura Hernández Zuluaga
Publicado en Semanario VOZ

Como un homenaje a un excepcional intelectual comunista, publicamos el siguiente texto: Eutiquio Leal (Chaparral – Tolima, 12 de diciembre de 1928 – Bogotá, 13 mayo de 1997). Escritor, periodista y profesor universitario; militante del Partido Comunista desde 1943; miembro del Consejo Editorial de VOZ; fundador de los primeros talleres de literatura en Colombia y considerado como uno de los pioneros en renovar y modernizar la literatura colombiana en cuanto a procedimientos, técnicas, lenguaje, modos y voces narrativas.

Su compromiso político quedó plasmado en su extensa obra literaria y en numerosos artículos publicados en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Su pensamiento sobre la sociedad y la fuerza de las organizaciones populares sigue vigente, como se refleja en su columna Opinión Ajena, del periódico El Pueblo, de Cali, que mantuvo durante la década de los 70.

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Grafismo a partir de una fotografía
de Laura Hernández Zuluaga








A continuación reproducimos el artículo Talleres literarios publicado en el periódico El Pueblo de Cali, el 27 de marzo de 1975.

Opinión Ajena
Talleres y crítica literaria

Recordamos las palabras de Faulkner a unos jóvenes cuando lo interrogaron sobre lo que se necesita para ser escritor. El novelista norteamericano desilusionó a sus discípulos con una respuesta de este corte: “Se necesita un 90% de talento, un 90% de trabajo, un 90% de perseverancia”.

Justamente fue esto lo que nos llevó hace más de diez años a intentar el primer Taller Literario de Colombia en Cartagena. Con la misma inquietud el maestro Zalamea constituyó el de la Universidad del Valle después y organizamos nosotros el de la Universidad Santiago de Cali, así como dirigimos el de la Universidad del Tolima. Solo que al empezar esta experiencia nos dejamos conducir por un espíritu de especialistas, de iniciados. Pero ya superada aquella etapa, ahora lo hacemos con un público amplio, para maestros, estudiantes y simples lectores, al lado de escritores y críticos.

La literatura soporta las más diversas posiciones políticas y su estudio resiste diferentes enfoques artísticos. A veces fue la visión esteticista, más teórica que práctica, rezago de la obsoleta “torre de marfil” en que se encastillaron algunos monjes individualistas, vicios solitarios del oscurantismo medieval, algo así como la visión patológica en que se deleitó el misticismo como causa de tanta frustración vital y a veces fue la comprensión racionalista del fenómeno literario, entendido sólo como producción directa de los hechos económicos y sociales. Algo así como la visión exclusivamente política que ignoró la naturaleza específica del discurso literario. Visiones ambas unilaterales e incompletas, fruto de un miope esquematismo que sólo requiere ver con un ojo.

A la luz de los Talleres se hace obvio que no es posible aproximarse al producto de la producción literaria sino a partir de un conocimiento objetivo del mundo, de su realidad viviente. Y lograrlo desde la totalización de los puntos de vista y elementos que se oponen entre sí, que se niegan y se superan en un proceso espiral ascendente.

Y hacerlo tomando en cuenta que a través de los personajes, de sus acciones, costumbres, modas, palabras, sueños, tergiversaciones y olvidos, a través de lo que hacen y dejan de hacer, la obra literaria expresa –en el plano de sus evidencia o de sus latencias– la ideología de alguna clase, su conciencia social, derivada de unas formas de propiedad y de trabajo y de distribución de la renta. Así aparece el debate ideológico respecto a la lucha social, dentro del contexto de la obra literaria. La constatación de la estructura ideológica en el texto permite descubrir la estructura económico-social del mundo o fragmento de realidad que recrea el escritor.

Pero es más. La misma estructura formal preferida ya está indicando una concepción filosófica, así como la escogencia de los protagonistas y de su problemática también denuncia la posición del autor de su obra. De modo que el análisis estético constituye el complemento del análisis político. Ambos indispensables. Ninguno, si se excluyen entre sí, la alianza ha de ser total y científica.

Porque el método de la creación literaria sigue el ritmo que va de la observación concreta y sensible, de la práctica social, pasando por la imagen abstracta elaborada por la fantasía, hasta llegar a la concreción artística de la obra cuya lectura propone el autor. Como objeto sensible la obra proyecto en la mente del lector y (por su conducto) en la sociedad, la conciencia de ciertas leyes generales de la dinámica y la dirección que sigue el desarrollo de la praxis en un preciso momento histórico. Y tanto para su análisis como para su elaboración creativa se requieren ciertas condiciones mínimas, que se pueden aclarar durante el trabajo de taller.

Parece llegada la hora de la cátedra crítica que se encause hacia objetivos menos especulativos, más científicos. Y los Talleres Literarios que ya poseen una buena experiencia práctica y teórica, bien pueden ser una solución al grave problema del estudio anecdótico de la literatura y al margen de las luchas de este mundo.

Eutiquio Leal
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sábado, marzo 09, 2013

Entrevista de Mariela Zuluaga con Jaime Mejía Duque

La basura se deja para la novela


Entrevista Por: Mariela Zuluaga García,
publicada en la revista "Gato encerrado" No. 3 - julio agosto de 1980
(Dirección: Eutiquio Leal - Fernando Soto Aparicio - Jorge Eliecer Pardo)





Agresivo y pendenciero como un gallo fino, Jaime Mejía Duque ha dado bastante qué hablar desde que está metido en el oficio de crítico literario (y tal vez desde antes). Algunos se refieren a él despectivamente considerándolo engreído, unos pocos le temen y un buen número lo respeta y quiere. Pero todos juntos no saben de Jaime lo suficiente como para hilvanar su historia. Una historia que "refleja las peripecias de la descomposición del viejo régimen patriarcal", según sus propias palabras.



Olímpico y pedante


Jaime Mejía Duque - Nació en Aguadas -Caldas- (y no en Medellín como se cree). Por línea paterna desciende del poeta Epifanio Mejía y desde que tuvo uso de razón sé enfrentó a un padre alcohólico y andariego. Ese conflicto padre-hijo, mitificado en el legendario complejo edípico, también lo ha acompañado en el transcurrir literario. Hay quienes creen encontrar allí el origen de una cierta posición agresiva frente a la tradición literaria colombiana que le ha valido -además- la imagen de "olímpico y pedante". Es en torno al significado de estos dos adjetivos que iniciamos un largo e interesante diálogo. "Son ciertamente imágenes -dice-. Pero dejemos al tiempo y a otros lectores, la tarea de despejar esos paisajes neblinosos. Yo solo sé, como escritor en proceso y como hombre consciente de vivir y pensar en mi época, que digo lo que honestamente considero digno de ser dicho y en la forma que creo en cada momento adecuado a mi perspectiva. ¿Pedante?. Bueno, si ser afirmativo es eso, nada puedo mejorar en esa dirección. ¿Olímpico?. Si se califica de olimpismo cierto sentido del decoro, de la autonomía y del propio derecho a no corear lemas que a uno le parecen sospechosos, tocará seguir pareciendo olímpico. Pero la verdad es que quienes me han tratado directamente y con frecuencia, opinan lo contrario. Y si por ahí se va creando algún "personaje" que quisiera imponérseme, declaro sin ambages desde ahora que voy a luchar para evitar que ese fantasma se me pegue al cuerpo. En este mismo sentido dijo -y escribió- Borges un día: "yo no soy Borges, Borges es el otro".




La epopeya de la vida burguesa


Jaime Mejía Duque tiene cabeza de águila pero su mirada no es igual a la del imponente rapaz, porque sólo ve bien por un ojo, (al otro se le desprendió la retina hace cinco años). Pero éste no es obstáculo para que pueda leer doce horas seguidas, ni para que lo haga a la luz de la luna. Y esa lectura tenaz y persistente -como todo lo suyo- le permite ahora comentar (sin un parpadeo) el planteamiento de que la literatura colombiana no ha encontrado aún las dimensiones, la profundidad y los procedimientos de la gran epopeya: (1) "Sencillamente, la "gran epopeya" es imposible ahora en una sociedad industrial, capitalista y demás. Recordemos a Marx en su célebre prólogo a la Crítica de la Economía Política, cuando habla de los griegos y de nosotros, los modernos. Ese retomo es una utopía. Lo que pasa es que hablamos en términos generales de la novelística como un género "épico". Sin embargo, como dijera el joven Lukács, la Novela es ya la epopeya "de un mundo sin dioses". O sea, la epopeya de la vida burguesa. Situados con más propiedad en el terreno, ahora sí podemos afirmar: esta épica burguesa, que es la narrativa cuyos cuadros referenciales nos vienen de Europa - ¡qué le vamos a hacer...!-, promete innovaciones interesantes en América Latina. Aquí, fijémonos bien, la novela en sentido estricto nace cuando carecemos de auténticas burguesías nacionales, como un reflejo literario de los narradores románticos europeos. Y comienza a afirmarse, del naturalismo para acá, cuando nuestras recién nacidas burguesías son epígonos decadentes de la burguesía tradicional que comanda ese capitalismo colonizador e imperial que nos convierte de entrada en sus satélites y sus meros proveedores de materias primas".

¿Hegeliano yo?, Qué honroso!

Jaime ha mencionado a Marx (antes había dicho "si el marxismo no sirve para mejorar al mundo se bota a la basura") y yo he recordado la afirmación que me hiciera algún amigo: "Jaime Mejía no es Marxista, se quedó en Hegel". ¿Es eso cierto?. Y pensando tal vez que la culpa no la tiene el amigo sino yo por preguntarlo, se me enfrenta burlonamente: "Caramba, qué broma tan  honrosa! Lo   que  pasa es que, cuando no se ha leído a Marx  sin anteojeras, se ignora que Hegel vive en Marx, "invertido" y todo, etc. etc. etc., y en toda nuestra época, como ha de vivir un pensador que prácticamente inauguró una era de pensamiento y de acción que aún está muy lejos de concluir. Me enorgullezco de haber leído la "Fenomenología del Espíritu" pensando en formas novelescas inéditas aún. Eso es todo. O casi todo". Bueno, no es para tanto!, digo yo, y trato de retomar el hilo con mis "capciosas" preguntas (así fueron consideradas por Jaime). Pero... aún continuamos entonces con una literatura que no ha podido superar su dependencia cultural?  Un tanto  apaciguado pero con vehemencia, responde: "No exageremos! Hemos entrado, a todo nivel, en la crisis y en la crítica del neocolonialismo. La gran ruptura la marcó el triunfo cubano. Y esto cambia, por fin, los términos de la relación dominadores-dominados. Ascendemos sin cesar. Ahora sí, ascendemos. Y nos universalizamos, al asumir nuestro destino, o al menos al vislumbrar y defender desde ahora nuestra perspectiva de autonomía nacional y de integración a una universalidad real, solidaria, en plena revuelta. Claro está que no nos encontramos solos. De hoy en adelante, nunca estaremos solos. Así que en estos momentos, no sólo en Colombia, sino también en todo el continente y en otros lugares del antiguo mundo colonizado, van surgiendo una literatura y un arte más propios, más genuinos. No importa que sean todavía poco abundantes en "obras maestras". Lo que cuenta es lo fundamental, o sea el hecho de que nuestros escritores, artistas e intelectuales vislumbren ya estructuras originales en su propio medio y vayan creando la expresión verdadera, reconocible, que corresponde a esas estructuras emergentes de sentido".

Hay que sentir necesidad de ser escritor para serlo

Cuando Jaime se salió -a los 14 años- de la casa paterna, ya le había hecho a su madre la promesa de ser escritor. Ahora sobrepasando los cuarenta, siente que no ha cumplido su palabra, pero sabe con certeza cuáles son las condiciones que requiere un poeta y/o narrador para serlo:

"Ante todo, que lo que escriba tenga un sentido coherente en sí mismo y un nivel de generalidad artístico-literaria (-rigor y necesidad del verso o la prosa, amplia comunicabilidad de la forma, etc.-) suficiente como para que cada lector, colombiano, hispano, y de cualquier otro país o lengua, pueda decirse ante esos textos: esto me compete a mí, esto me habla del mundo, esto me solidariza con el resto. Y ya sabemos que lo que llamamos estilo, por ser una estructura funcionando como sentido autosuficiente, nace de una concepción que ubica al escritor o poeta de una manera creativa y abierta en él universo lingüístico. Sin esa honda necesidad interna es posible, y se ve todos los días por lo que se publica, producir artefactos de palabras, una tras otra: eso no es aún, no lo será jamás, lo que llamamos "obra".

Somos occidentales, y qué?

Pero si Jaime Mejía Duque no ha llegado a cumplir su primera intención frente a la literatura, sí ha logrado calidad de crítico. En este sentido se dicen varias cosas: Que no llega a crítico sino que se queda en comentarios eruditos en torno a las pocas obras de que se ocupa, y -aceptando que hace crítica- que es extranjerizante. Levantando su cresta endiablada resume así su posición: "Ambas opiniones simplifican demasiado. Yo, simplemente, me remito a un lector más atento y, en todo caso, de buena fe, en el sentido común de esta expresión. Que no trampee consigo mismo y con mis textos. Y en cuanto a los "parámetros" impuestos por la civilización europea, es una muletilla de apoyo para algunos latinoamericanistas a ultranza. Somos occidentales desde el principio de nuestro período colonial. Antes hubo otra cosa, y lo sabemos bien. Pero nuestro idioma,nuestras costumbres actuales, nuestras religiones, nuestros esquemas de pensamiento y aun de sensibilidad y perceptivos -en el sentido serio del término-: todo eso es occidental, es decir, mediterráneo o europeo. Nada de eso es chibcha, ni inca, ni maya, ni japonés, ni coreano... Ahora empezamos a darle a todo eso cierta entonación muy latinoamericana, pero esto es distinto. La novela misma, viene de la concepción del género narrativo burgués-europeo. Aportamos lo nuestro: contenidos propios y, finalmente, unos estilos individuales. Pero aquí no se inventó la nóvela. Ni la antropología, ni el marxismo, ni la sociología, y pare de contar. Esos son los marcos y las metodologías de un pensamiento universal. Si tenerlos en cuenta, para pensar a partir de ellos con cabeza propia, es ser "europeo" y "extranjerizante", que me pongan en la lista. Pero exijo que pongan ahí también a Bolívar, y a Fidel, y los mejores escritores y pensadores, revolucionarios o no, que hayamos producido en toda América".

Poca literatura produce poca crítica

Pero extranjerizante o no, Mejía Duque es sin duda uno de los pocos "gallos" de la crítica colombiana y es a él a quien corresponde explicar a qué se debe tan poca competencia: "Básicamente, -responde- a la escasez de una literatura pareja, de nivel óptimo. Es decir, la literatura, también en su expresión crítica -creadora- (-pues se crean "valores" en el ámbito global de una cultura-), está naciendo entre nosotros. No hay que escandalizarse por ello: es la dependencia neocolonial a todos los niveles y en todos los campos, que nos ha impedido largamente ser nosotros mismos. Esto, a escala histórica. Pero cada quien es activo a su manera. Tiene que forjarse contra la pasividad o la inercia del pasado. Tiene que trabajarse, o renunciar a la farsa del escritor que no escribe".

Y profundizando un poco más para tratar de entender la razón última del "ser crítico" nuestro personaje responde cómo asume el crítico una función desalienante o descolonizadora: "No hay sino una manera, la más grande -dice como encontrándose a sí mismo- considerándose parte activa, deliberante, de una totalidad en movimiento a la que podemos llamar liberación material y cultural de nuestros pueblos. Y responsabilizándose de su tarea como pensador y creador de imágenes que ayuden a vivir sobre el supuesto de una nueva y más humana visión de la vida. Para obrar así, escribiendo -que es la forma de acción de quien escribe-, no hay que ser predicador. El llamado crítico literario, es un hombre que, para América Latina, ya no cabe en la categoría heredada del "crítico". Pues nuestra visión de la escritura, para una historia que es otra, implica concepciones distintas de la antigua función docente, judicial y burocrática del pensamiento literario. Aquí entro también en un terreno en donde tendríamos que internarnos para largo".

Bueno, y es que Jaime me advierte que -debido al número de preguntas que le formulo- sólo dirá lo que piensa de cada tema y "en ningún caso todo lo que pienso". (El subrayado es del crítico).

Estudié derecho para no alquilarme a los periódicos


Para cualquier persona la pérdida de su brazo izquierdo y parte de su mano derecha hubiera sido el final. Para Jaime Mejía Duque, no. Ese día fatal, (no había cumplido los quince años) cuando falló el explosivo que preparaba para vender (se sostenía vendiendo pólvora en las navidades) e hizo conciencia de que viviría sin un brazo, decidió que ahí comenzaba su historia. Y durante algún tiempo luchó contra su brazo ausente y se defendió como pudo hasta con armas cortopunzantes- de un mundo hostil que no acepta a mutilados y pobres. Así, estudió derecho "para no alquilarme a los periódicos y para salir, físicamente, de la miseria a la que mi rebeldía infantil me lanzó desde el comienzo en ciudades desconocidas".

La mutilación física le ha traído también complicaciones judiciales. A raíz del ajusticiamiento de José Raquel Mercado por parte del M-19, fue confundido con el "Manco del clavel rojo". Y este equívoco fue posible por cuanto Mejía Duque antes de usar la prótesis que le reemplaza su brazo izquierdo, lucía una flor en la solapa. "No era clavel -recuerda- se trataba de una rosa que llaman Cecilia y la usaba -tal vez- como una cohartada sicológica".

Nuestra literatura nace decadente

Y anunciándole que será la última pregunta -por ahora- regreso a la literatura para decirle: En algún sitio (2) usted comenta "...a la postre no es sino el decadentismo precoz de una literatura que apenas busca sus puntos de referencia..." ¿Cómo puede ser decadente una literatura que apenas comienza? ¿Cómo se justifica la antología de Pachón Padilla?. -Vayamos por partes. Ante todo, sólo viendo desde un punto de vista lógico -formal es decir, no dialéctico) mis palabras sobre el decadentismo precoz, se puede encontrar extraño lo que allí digo. El término "precoz" indica, justamente, que se trata de un fenómeno "anticipado", pues nuestra literatura comienza. Por cierto, este comienzo es largo como tal, o sea: la etapa del despegue ha sido lenta. Pues bien: en la narrativa se vienen produciendo, con aciertos parciales y aún memorables, desde luego, libros que se ubican, por su estética subyacente, en las etapas degradadas del naturalismo, por ejemplo. Es decir, en la decadencia de la escritura naturalista. Pasando pues al otro punto, me explico: en Colombia se ha venido, muy arduamente, elaborando una escritura literaria, en prosa y verso. Claro es que, en poesía propiamente dicha, nos ha ido mucho mejor. Pero en prosa... Intuiciones espléndidas desperdiciadas a montones. Prestigios transitorios, a rodo. ¿Y qué? Pero el Cuento ya está rindiendo un poco más. Así que la Antología de Pachón Padilla se justifica enteramente, aunque no todo lo que él recoge sea digno de antología. Pero, en conjunto, el esfuerzo es fecundo y tiene razón de ser. Es que, repito, el cuento, que no requiere un esfuerzo ni un rigor artístico muy prolongado, sino un golpe de vista rápido sobre las posibilidades de una anécdota o un pequeño corte en la realidad tematizada, se logra todavía mejor entre nosotros. La basura se deja para la novela, en esa concepción espontaneísta, facilista y ultra-subjetiva del género, de que se hace gala en el provincianismo colombiano. Esta egolatría facilista es lo que hay que golpear, aunque se nos malentienda (-durante algún tiempo, al menos-).

El dialogo apenas comienza. Pero como el espacio es corto tuve que dejar muchos temas sin tocar. Por ejemplo no hubo tiempo para preguntarle sobre sus amores y sobre otras tantas cosas que todos queremos saber de él. Supe, sin embargo, que es un hombre permanentemente entusiasmado, tanto que un amigo suyo le dice con frecuencia: "Hombre Jaime, usted vive ebrio, venga tómese un aguardiente doble para que se calme!".

1) Jorge Child, "LAS CHIRIMÍAS DE AMERICA". Gato Encerrado. Mayo-Junio, 1980.
2) Magazin Dominical, Mayo 4, 1980.
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Publicada en "Gato encerrado" No. 3 - julio agosto de 1980
Editado por Serafín Guerrero 24 de febrero de 2013 


domingo, febrero 24, 2013

EL AMO DE LAS SIERPES

CUENTO de Eutiquio Leal

Los animales del día
a los de la noche buscan.
Miguel Hernandez

No se disfraza de Diablo
sino el que ha sido y lo es
Laura


Cuentan que tan pronto supuso estar casi en la corona del poder volvió a acordarse de su vocación: su entretenimiento preferido desde cuando en la escuela un maestro le había despertado su afición zoológica, y muy particularmente por la herpetología. Durante todo el resto de sus años compraba o hacía importar cuanta serpiente venenosa pudiese, o de vez en cuando salía al monte en busca de culebras. Las cogía con horqueta y lazada, se divertía con ellas, las cuidaba amorosamente. Siempre lo sedujeron la armonía de cada zigzag, el ritmo sigiloso de cada ondulación, los escorzos undívagos, la sensualidad desesperante de todo serpenteo. Contemplando la delicadez lasciva de esos largos y finos talles ondulatorios él se sentía entusiasmado, conmovido en la esquiva lujuria de todo reptar.

Parece que al considerarse ya reinante, este Lunes de medio junio mañaneó en sudadera a su serpentario particular situado al fondo del patio trasero de su residencia. Lo encontró irreconocible, como si no fuese de su familia: abandonado, sucio, hediondo.  Allá en su interior, prisioneros, no quedaban sino los ejemplares más resistentes, deformes y feroces, pues los pequeños y menos fuertes habían desaparecido: nunca se supo si por voracidad o descuido o complicidad. Ahora le fue dolorosamente fácil hacer el rápido inventario de memoria: una taya equis tropical, un crótalo calentano que era su predilecto, y una víbora europea. Las tres culebras notoriamente desentresijadas, debiluchas, lánguidas. Hasta el colorido de la decoración propia de cada una, antes luminoso y vivaz, se había tornado difuso, pálido, envejecido. Lo único que no se había modificado durante tan veloz campaña era el timbre del cascabeleo de su crótalo mayor. En todo aquel caos de la política ninguna serpiente había cambiado de piel, tal vez debido al hambre o a la sed, al abandono o a la época. De todos modos eran unos ejemplares que, no obstante su deterioro, aún dejaban presentir visos multicolores, pequeñas escamas sugestivas, arabescos ingeniosos que a él le remitían a las primeras visiones enfermizas de su adolescencia. Hacía memoria de ese juego cegante de luces candelillas, como de carnaval, y maldijo la hora en que su ambición de charreteras lo alejó de sus mimadas culebras. Entonces se propuso ayudar más a sus padres, desvalidos últimamente.

Según alguien, lo primero que hizo entonces fue increpar a sus criados y pensar que les anunciaría pronto la brasa del despido para ese fin de mes. Luego puso agua a sus consentidas y salió furioso y precipitado a traerles ratones, por lo pronto. Esa misma mañana decidió no volver a abandonarlas jamás y se hizo al ánimo de dedicarse, con mayor esmero, a la faena de visitarlas dos veces al día: antes del desayuno y después del almuerzo; personalmente cambiarles el agua y llevarles polluelos además de sapos y ranas que compraba por lotes en el criadero de los laboratorios universitarios. De todo ese acopio de bastimento los mejores bocados siempre fueron para su crótalo mayor, preferido desde el día que se lo trajo un culebrero profesional hacía ya más de doce años.

Antes del trote de la campaña había reunido a sus nuevos criados para enseñarles que la serpiente del Paraíso Terrenal, aunque había engañado a Eva con la manzana, sin embargo no hizo el menor intento de agredirla ni le causó daño alguno. También les enseñó el cuadro de la Inmaculada en que la Virgen está pisando una inmensa culebra y el animalito ni siquiera amaga abrir su boca inofensiva. Por último ostentoso les regaló el espejismo de una enorme serpiente de caucho, inflada a reventar, muy vistosa y apacible. Pero pronto esto fue para un desastre, pues una tarde en que los tres criados estaban tratando de acostumbrarse a ella les estalló sorpresivamente en un estruendo sobrecogedor. Los tres cayeron privados al piso, y el amo hubo de llamar de urgencia a su médico personal para que los volviera en sí. Entonces se arrepintió de haberlos tratado como verdaderos esclavos.

Durante los veintiocho soles y lunas de su fugaz campaña, había ocupado toda su fogosidad en reuniones secretas con los altos jerarcas naturales de la opinión, con los más antiguos generales de las fuerzas ocultas, con los jefes clandestinos del narcotráfico y de los grupos paramilitares. Todos sabían de su viaje a la capital del imperio y de sus compromisos internacionales, pero nadie se atrevió nunca a mencionarlo en las reuniones políticas. Durante aquellos veintiocho días y noches él había dejado a sus consentidas al cuidado de la servidumbre casera, olvidando tal vez que sus criados sentían un pavor perverso y una mala gana ancestral por las serpientes. Embriagado en el relámpago de su vertiginosa campaña, incluso omitió el mal agüero que ellos hacían extensivo hasta la misma alambrada del jaulón. Después, y para que lo observasen a espacio y se fuesen disuadiendo de sus prejuicios contra las consentidas, dio en distenderse boca-abajo cerca del jaulón después de haberlas complacido en todo.

Han dicho que allí se tendía en actitud de reptar y discurrir... que para su posesión se despojaría la indumentaria de civil y, así, de militar, daría forma a la liturgia de sus trances oficiales. Se ajustaría las botas negras estilo napoleónico, encajaría sus piernas y sus protuberantes glúteos en los ceñidos pantalones de paño de billar, galonados de azul turquí. Enfundaría su estrecho tórax y su amplia giba en la guerrera, enjalmada ya de rosetas tricolores y de medallones ficticios, mientras tanto. Finalmente se coronaría a sí mismo con el kepis de visera de charol y se pondría firmes frente al espejo, con todo el rigor clásico de los entrenamientos y las paradas de honor. Precisamente para eso antes había seguido fielmente un curso completo en la Academia Militar donde, con suficiente anticipación, lo adiestraron en los principales pasos y cuadres y saludos del prusianismo más moderno. Así, de momento se tomaría el poder, por lo que pudiese ocurrir con eso del auge del movimiento guerrillero nacional. Se proclamaría a sí mismo, en el más ceremonioso acto que jamás contemplara el código de los protocolos occidentales. En ese momento supremo de su vida democrática y republicana exclamaría en tono solemne de sermón bíblico: "Tomo posesión de la República!", en vez de haber dicho "Tomo el mando del Ejército". Sólo que inmediatamente advertiría su equivocación, pero rápido hizo cuenta que acaso no, y entonces dejó difuminar una tenue sonrisa civil de perfiles pretorianos.

Se rumora que esa semana anterior había dispuesto los detalles íntimos de la ceremonia privada de su posesión y las últimas órdenes para el desfile público que se habría de efectuar, simultáneamente, en la Plaza del Libertador. Los principales caciques del narcotráfico y de los grupos paramilitares deberían guardarle la espalda y el Estado Mayor Conjunto, en pleno, debía rendirle honores dentro de la hermética sala escogida. Al mismo tiempo todos los más connotados caudillos naturales de la opinión y sus dos directorios nacionales, presididos por la encumbrada jerarquía eclesiástica, recibirían, a nombre de él y en público, el desfile de armas y las aclamaciones del resto de la oficialidad, de la sub-oficialidad y de la tropa. La banda de guerra debería ejecutar la marcha triunfal a todo trueno, tan alto que se hiciera oír en Palacio allá por el vientre secreto de la sala de posesión.

Un lejano día de la última creciente de luna, anterior a la campaña de circulación cerrada, había estado haciendo cuentas frente al jaulón de sus consentidas: su crótalo mayor, muy desarrollado, con las dos hileras córneas de 13 cascabeles cada una; la taya más antigua, con tres metros largos y sus rayas cruzadas en letra equis de casi 13 centímetros a lo ancho; las siete corales rabo de ají, menuditas, cortas como las mapanaes y las tatacoas y las verrugosas; los más nuevos ejemplares: tres víboras europeas muy nerviosas y un áspid egipcio alebrestado, recién adquiridos y aún no hechos a la atmósfera carcelaria; un pequeño pitón real africano, que prometía monstruosas proporciones; tres pudridoras interioranas muy negras y dormisiempres. La única parejita de víboras criollas no pasaba entonces de nueve meses de edad, y una de ellas parecía medio cegatona. Aún lucían fuertes y hermosas. Era suficiente motivo para que la orquestación en pajeo delirante de sus lenguas bifurcadas le produjese a él esa excitación inconfesable, que podría ser la causa primera y última de su apasionado entretenimiento herpetológico. Y justo a través de ese entretenimiento lograba hacer alardes públicos de su hombría: esa hombría soberbia de que tanto se enorgullecen los generales, así fuesen como él: civil esfumándose a militar improvisado.

Cuentan que mucho antes, en sus frecuentes tertulias financieras, algunos de sus socios no alcanzaban a explicarse tanta devoción por los ofidios, siendo que a todo el mundo le repugnan y le producen un miedo urticante. A veces les respondía con el relato manido de cierta campaña en el Caquetá. Resulta que una noche de verano el pelotón del ejército gobernante, comandado por su padre, tuvo que acampar en un lucero de la selva, y allí acomodaron los equipos de guerra sobre un árbol caído; dizque al otro día no hallaron ni árbol ni equipos, y sólo siguiendo la ancha serpentina de una huella por el hojarascal pudieron cerciorarse que no se trataba de un árbol caído sino de una boa constrictor de tamaño gigante. En ocasiones les recordaba la costumbre de algunas religiones que adoran a las serpientes porque las consideran sagradas y propiciatorias de la buena suerte, o les insistía en el rito hindú de quienes se ensimisman hasta levitar tocándole pífano a las cobras. Y como si todo esto estuviera muy lejos para la experiencia de sus socios, remataba preguntándoles si acaso no veían a los culebreros de las plazas de mercado, con sus enormes güíros enrollados al cuello y acariciándoles el escalofriante lomo de hielo. Con esto les demostraba que la culebra no es el enemigo del hombre, que muchos creen. Y en prueba de ello ante todos ofrecía alimento en mano a su crótalo mayor.

Dicen que la víspera de su posesión, en plena menguante de junio, no salió de su residencia y todo lo coordinó por teléfono. Ese día, muy temprano mandó llamar al peluquero de Palacio y parsimoniosa mente soportó maniquiur, pediquiur, afeites, depilación, masaje, empolvada, etcétera, y luego lo despidió aún empiyamado y sin bañarse pensando en hacerle un buen aumento de sueldo tan pronto se posesionara. Al día siguiente no se vestiría sus galas de mandarín sino al llegar las dos de la tarde, pues solamente a las tres comenzarían los actos oficiales de su consagración como Primer Magistrado, antes de los agasajos, las condecoraciones efectivas y todo lo demás. Ya llegado el día, vistió la sudadera y se dedicó a contemplarse en el espejo. Así se deleitó consigo mismo, se admiró las pestañas y acarició la barbilla, se amó una y otra vez en todas las posiciones posibles e imposibles hasta caer casi desmayado en su lecho de solitario, como si hubiese decidido no decidir más nada.

Posiblemente ahora sin haber advertido que no se acordó de cumplir su costumbre de atender él mismo a sus consentidas esa mañana, luego de un temprano almuerzo a base de licores fuertes y carnes añejas, según su costumbre reciente se fue a gozar la siesta junto al jaulón. Toda su servidumbre debía verlo ahí de nuevo hasta convencerse que las culebras no son como las pintan. Tendido allí en posición reptante con la mejilla sobre el brazo derecho, poco a poco se quedó fundido pensando en la trascendencia universal de su consagración sobre la República de la democracia en Estado de Sitio. A poco rato mientras lo oían roncar morbosamente, y pensando en congraciarse con él, los tres vinieron en puntillas al serpentario con su labor de cada uno distribuida de antemano. Uno correría el cerrojo, otro abriría la portezuela del jaulón, otro colocaría la artesa del agua en la puerta, otro la empujaría con una escoba, otro lanzaría adentro la bolsa de los polluelos, otro la rompería con un cuchillo enastado en una vara, otro cerraría la portezuela, otro y otro. Pero cuando el crótalo mayor empezó a desperezarse para deslizarse hacia la artesa del agua, los tres saltaron en falso, salieron corriendo despavoridos y volaron a esconderse en la cocina, lívidos, tembleques. El deslizamiento de ese suavísimo reptar nunca fue para ellos, como para él, disfrute y solaz íntimos de indecible autocomplacencia. En cambio calculaban que ya era el momento en que el amo andaría perdido en confusos sueños de victorias fulminantes de contraemboscados, parlamento de faltriquera, militariación de toda la práctica religiosa del país, salud y vida eterna para su padre... pesadillas de auxilio a su madre paralítica, a quien visitaría enseguida de su posesión...

Dizque poco después el criado a quien había correspondido la tarea de correr el cerrojo o la de cerrar la portezuela, no sabían cuál de todos pero uno de ellos hizo memoria de que no se acordaba si lo había hecho. Entonces ése mismo convidó a los otros dos para que lo acompañaran a reparar desde lejos, fuera de peligro. Cuando se resolvieron a ello iniciaron la marcha cuidadosa, pero por ir embebidos espiando hacia el jaulón alguno pisó una cuerda caída, de las de tender ropa, y todos brincaron electrocutados de miedo creyendo que era una culebra. Casi enseguida repuestos del susto siguieron avanzando furtivamente y pudieron escuchar muy nítido el cascabeleo, antes de ver al fiel crótalo mayor enchipado muy junto a los pies de su amo. No alcanzaron a gritar "Virgen santísima” porque en ese mismo instante el amo dejó rodar su pierna derecha sobre la chipa de su consentido.

Parece que ninguno de los criados pensó en acercarse a defenderlo, y los oídos del vecindario no oyeron nada por estar copados con la fiebre de los televisores escuchando y viendo a los panegiristas oficiales y oficiosos que anticipaban la noticia de la posesión del Primer Magistrado. Y cuando los criados tuvieron coraje para volver su vista al serpentario, el resto de las serpientes, la taya equis y la víbora europea ya se habían liberado también del jaulón.
Bogotá, octubre, 1983.

Talleres de literatura (1985)


Por: Jaime Majía Duque - Magazin Dominical - Revista No. 97 de Febrero 3 de 1985

Con el auspicio de la Universidad Autónoma de Colombia, en Bogoá; Eutiquio Leal acaba de publicar un libro destinado a hacer historia -a marcar un hito- entre nosotros en materia de pedagogía literaria: "Talleres de Literatura: teoría-metodología-creación". Aquí la última palabra, creación, se refiere al conjunto de los trabajos originales de veinte talleristas o alumnos de esta unidad, la de la Autónoma.

En sentido estricto, Eutiquio Leal es el iniciador en Colombia de esta modalidad organizativa del trabajo literario introductorio y en grupo, encaminado a formar buenos lectores y analistas de textos artísticos (poesía y prosa), y hasta escritores. De antemano ha de entenderse que la aplicación restrictiva de la fórmula, formar escritores no podrá sacarse de esos límites condicionales originarios, si se quiere mantener el verdadero sentido de esos talleres. Eutiquio precisa pues la cuestión de este modo: "... la disciplina y el trabajo, eso sí es susceptible de formar, de fomentar, de adquirir, de desarrollar... perfectamente se puede aprender a trabajar, alcanzar una disciplina de lectura y de escritura, es decir, de oficio (...). El fin principal y específico de la escritura y la corrección de los trabajos literarios producidos individual o colectivamente por sus integrantes. En este sentido, el Taller es un laboratorio, donde se accede al conocimiento y a la experiencia partiendo del hecho concreto de su producto; allí se aprende haciendo y se perfecciona practicando al tenor de un milenario principio que dice: "quien oye, olvida; quien ve, recuerda, y quien hace, aprende".

Partiendo de una concepción no muy precisa aún -naturalmente, con la ulterior experiencia fue haciéndose más realista-, y en 1962 Eutiquio fundó en Cartagena, apoyado por la universidad local, el primero de tales grupos de trabajo. Se le llamó Juicios del Paraninfo, debido a que todo se inició en forma de "juicio público", en el salón de actos de la universidad: "allí mismo el defensor exponía los valores literarios y humanos de la obra, al tiempo que la defendía de posibles malas lecturas o calumnias interpretativas... la concurrencia intervenía con sus opiniones y terminaba emitiendo también su fallo a la luz o a la sombra de los argumentos esgrimidos por el acusador y por el defensor. Con esta misma modalidad forense ejercíamos de talleristas los sábados en la tarde".

Así lo recuerda el autor en su informe ante el Segundo Congreso de Escritores de Venezuela, reunido en Caracas en mayo de 1981.

Y como el Taller tiene que funcionar con miras a la eficacia del proyecto pedagógico que lo funda, ha venido institucionalizándose bajo la forma -secretamente ambigua- de un servicio de extensión de las facultades de Humanidades. Este libro incluye, en consecuencia, no sólo algunas exposiciones teóricas (de Eutiquio, como director del Taller, del rector de la Autónoma, y hasta del suscrito, invitado a la inauguración del grupo, aquella noche del 4 de noviembre de 1982), sino además sus diversos reglamentos, reunidos en la sección titulada "Documentos organizativos". Ellos son: Principios Generales (lo que es y lo que no es el taller), Objetivos (específicos, teóricos y generales), Particularidades metodológicas (ciertas pautas de trabajo), Derechos de los Talleristas, sus Deberes y sus Prohibiciones, Funciones de las Secciones, y Funciones del director.

Todo lo anterior convierte al libro en la primera guía, suficiente por lo concreta, para la creación de talleres literarios en cualquiera otro lugar.

Luego viene la parte mayor del volumen, bajo el título Creación, integrada por veintinueve narraciones y siete poemas, 36 trabajos en total, escritos por veinte talleristas.

He aquí, al fin, un genuino manual de tallerismo. Y desde un punto de vista subjetivo, o sea hablando en términos personales, con plena justicia Eutiquio puede así decirles a los lectores: este es mi aporte al desarrollo de las "infraestructuras" de la Literatura Colombiana como institución, en el inmediato porvenir. En efecto, son más de veinte años de una labor tenaz, militante, conscientemente experimental; un trabajo descubridor y delimitador de su propio objeto, vale decir: la escritura y la lectura como "momentos" de una sola dialéctica creativa y para cuya puesta en marcha ya será posible al menos orientar al novicio, colocarlo a conciencia y sobre sus propios pies en ¡os umbrales de su personalfsima, indelegable aventura...

Tal es el sentido hoy evidente, casi obvio, de ese trabajo agobiador, quizá heroico en las condiciones socioculturales de nuestro país. Esta consideración, nada idealista a mi juicio, me induce a calificar globalmente la presencia de esta obra de Eutiquio Leal como un acontecimiento histórico, o sea-memorable, en la tradición pedagógica nacional y, tal vez, en el propio devenir de la actividad literaria del país visualizada, claro está, a escala colectiva, o sea hacia el futuro, como proceso de maduración de las condiciones internas y contextúales de nuestra escritura. •
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Publicado en la página 7 de la Revista "Magazin Dominical" No. 97 del 3 de febrero de 1985


viernes, julio 06, 2012

FUMAROLAS DE ABRIL

CAPITULO I*
Sin pensarlo porque carece de intención, no sabe por qué ni para qué anda. Va entrando al pórtico antiguo, enchapado en cobre y con aldabones de bronce patinado de orín. Altas paredes de piedra revegida, varicosa, maquilladas de verdín arcaico, que se prolongan indefinidamente, y por trechos periódicos dejan salida o entrada de corredores innumerables a ambos lados. Sus pasos resuenan en hueco, si se quiere en falsete, mucho más acompasados que las pisadas de él mismo. Tanto que llegan ensordecedores y desarticulados hasta sus oídos casi sellados y se los perforan dejando un cierto dolor medroso, sorpresivo. Mira de soslayo ante la insistencia de los taconeos, desconocidos aunque presuma que son sus mismos pasos, asaz en sordina irreconocible. Sorprendido y extraño de ojeadas en contorno sintiéndose perdido o perseguido por no se sabe qué sombras o qué voces inefables e inaudibles. De pronto un inesperado pasaje en tinieblas le sale al paso y le deja entrever sus entrañas de claroscuro apacible, solemne, impenetrable. Intenta entrar por él, pero un leve temblor en los músculos de la cara le parece el furtivo anuncio de alguna helada negativa. Continúa ahora escuchando su propio bordoneo de tacones, pero ya los siente en su cerebro, insólitos y sospechosos de inautenticidad. Empieza a ver, allá al fondo, una escasa vislumbre imposible de precisar. Sigue avanzando, más bien moviendo mecánicamente sus pies, invadido de zozobras y sin poder imaginar nada ni a nadie. Se detiene un poco a ver si alcanza a pensar en su vida, sus andanzas, su circunstancia; y no, no consigue entender ni hacer memoria de quién es, qué hace, dónde se encuentra, para dónde se dirige. Es que no llega a hacerse conciencia de sí mismo ni de su familia ni de los demás. Ahora le parece que alguna especie de sombra va delante, muy adelante, sin forma propia y sin dejar oír pasos ningunos sino que va metiendo no se sabe qué género de frío, un yelo que impregna todo el ambiente de pesadilla en que le parece existir. Evidentemente como que algo invisible o inexistente ambula ante él, muy adentro, que no quisiera dejarse identificar, ni siquiera detectar o percibir. Un lejano presentimiento de algo no precisable le invade el corazón y se lo deja pletórico de sinsabores y culpa de aquellas que lo persiguieron en su adolescencia y se le presentaron en sueños de brujas y de espantos. Pero ahora esas diabólicas apariciones soñadas antes se le figuran con sotana y otros hábitos religiosos que esparcen el aroma tintineante de sus camándulas y el aleteo delicado de sus cofias sagradas. La atmósfera del interior entrañada y umbría, no por culpa del sol sino por exceso de ese hollín etéreo o inmaterial, le impide ver algo, así sea a dos brazas de distancia. El acre fragancia de una mezcla de incienso y azufre disimulado por algún toque de tabaco en cocción, posiblemente alcanza a trascender al techo pétreo o metálico, que él adivinaría si buscara explicaciones y entendederas en las alturas. Hasta ahora no se le ha ocurrido siquiera balbucir una de esas oraciones que le enseñó la abuelita Laura, mucho menos repetir en silencio el Padre Nuestro que tanto machacó en sus años de monaguillo y catequista. Sus taconeos inarticulados, e insonoros ahora, según una posible presunción ya no son de él, pues a su perdida sensibilidad aparecen ajenos, de alguien que no está presente pero que sí está a través de las ondas supersónicas que llegarían del archivo del universo o sea la memoria del cosmos. Sinembargo él prosigue dando a veces trancazos, a veces pasos mínimos en la bruma, de todos modos vacilantes y ciegos hacia el frente, ya que no se atreve a dar media vuelta y retoceder. Algo podría quedar atrás, venírsele encima, poseerlo por amor o por venganza, vaya él a saberlo. Ahora le sale al paso un zaguán inmenso, caótico y desolado, que lo asedia cuando intenta evadirlo ya por la izquierda, ya por la derecha. Se ve impelido por quién sabe que fuerza de energía desconocida, y tiene que seguir: a él le parece que va retrocediendo hacia adelante, o algo por el estilo. Ineluctablemente ha de continuar por sitios inextricables, presumiblemente inexpugnable, que solamente pudieran haber existido en sus desvelos nocturnos cuando no quería dormirse para evitar las matemáticas visiones del Diablo encarnado en la persona del Padre Dávila, párroco de su pueblo natal. Siempre que intenta abocar una calle o un corredor o un zaguán, indefectiblemente palpa que algo o alguien lo detiene y le impide seguir por ellos en procura de salida, o aunque sea de una luz. Cada vez que una sombra o un ruido o una voz le ha indicado el peligro, él se ha imaginado un "detente, caminante", aunque sabe que ha perdido la capacidad de intuir y de entender. En ocasiones tiene la impresión de que muros, más que paredes, lo acosan por todas partes y su cuerpo danza aprisionado por una inmensa e intangible tenaza, que podría ser de vida pero también de muerte. Llega el momento en que le parece sentir urgencias de orinar, de plañir, de aullar, maldecir y hasta de llorar exclamaciones atronadoras, pero no se sabe qué instinto primitivo o qué presentimiento se lo atranca siempre que lo intenta. No hay duda: toda entrada tiene que tener una salida, así sea escabrosa o ignorada. Cuál y cuándo, es lo que él ignora y no imagina. Sonámbulo sigue y prosigue atolondrado por algo que continúa sin entender y no le permite cambiar de vientos, pues la brújula de su trayectoria se ha paralizado tal como su misma frente, su mismo destino o su propio periplo de lobreguez y cerrazón alcahuetas. Hasta este momento no ha habido derecho a un solo instante de entero raciocinio ni de voluntad. Una suerte de premonición al revés le abre un claro de aire, un tenue relámpago de plata en su mente. Es ahora cuando hace medio sueño de que estuvo en la batalla, que guerreó intensamente, practicó muchas y dolorosas marchas por entre la selva, pernoctó con sus tribularios bajo la maleza a pleno invierno cerrado, fue herido dos veces con tiros de fusil en combates diferentes, hubo de comer carne de mula y de mico salvaje, compuso canciones a sus guerreros y en esos tiempos soñaba con la liberación de los espíritus, se alimentó sin sal ni dulce durante cinco meses y medio... La casi conciencia de algo en su vida pasada lo martiriza ya que puede ser una mala conciencia, perturbación de su estado actual de inocente primigenio. Se asombra de habitar donde habita, de andar funanbuleando por atajos desconocidos y vírgenes, donde seguro nadie ha puesto sus plantas antes de él, o nadie más vuelva a repetir su viacrucis no religioso ni mistificador. Ahora le cae casi una ráfaga de duda: si no hubiera ido a la guerra, si hubiese encontrado alguna otra alternativa, si le tocaría otra vez, algún día o noche, repetir las peripecias de hombre alzado en armas sin ton ni son, solamente por acompañar a sus actores en la huida hacia la cordillera en una retirada que tal vez no se justificaría en cuanto a las mujeres, los ancianos y los niños. Pero no. Inmediatamente es atacado por la duda, el dolor, la desdicha, el abandono de todo incluso de sí mismo y del destino propio y ajeno, que le da igual. Recula ahora a lentos compases desequilibrados, de nuevo al margen de cualquier horizonte y de toda perspectiva geográfica o durable. El tiempo no cuenta para él ahora, ni el espacio es comprensible cuando solo es un embudo ciego, sin copa ni tubo de salida, ni no. Se tienta desnudo del todo, sin pena ni vergüenza, como purificado de toda veleidad y completa lujuria. Envuelto en tanta opacidad insoportable, acelera, trizca, galopa como si fuera el caballo "Azulejo" que le regalara su padre para hacerse buen jinete desde los cinco años de edad. En semejante tiniebla él no puede imaginarse ahora los secretos y tapujos de la abuelita Laura y la tía Ernestina, cuando le consiguieron la beca para el Seminario, a espaldas de don Pablo Antonio, compraron el ajuar, le midieron ropa y probaron zapato. Un estremecimiento helado y escabroso, un baño eléctrico de esos que ofrecía el cacharrero de su pueblo, le recorre todos sus miembros y sus venas. Neto robot avanza hacia el portalón. Parece que ya no se le escapa, pues sonríe esperanzado y su rostro se le ilumina de un fulgor al rojo vivo bajo la negrura sin límites. No se sabe cuánto tiempo duró aquella iluminación, aquel asombro ni aquella alegría, que desbordaron todas las perspectivas presentes. Lo cierto es que ahora, imperceptiblemente, se le han ocultado las paredes, el piso, los anhelos han desaparecido. Puertas, pórticos, portalones, zaguanes, pasillos, entradas y salidas se han esfumado. Esto no solamente se ha cerrado sino que se borró del todo y para siempre la esperanza y el mundo tenebroso. Sacude su cabeza y reacciona. La soledad de adentro y la de afuera de su materia corporal empiezan a recuperarse. Luego las piedras se van alejando, a los lados y arriba. Vuelven a iniciar su desvanecimiento las sombras subterráneas de su pecho y de los muros. En descenso ha venido perdiendo los ruidos, las voces cerradas y arcanas que él mismo nunca pudo escuchar bien pero está intuyendo dudosamente. Así, en actitud hierática viene desembocando en una glorieta interior, embebida en claridad, en solitaria lumbre, habitada por cuerpos reales y misteriosos inundados de ideales por alcanzar y destinos por cumplir a pleno sol. Sólo que esto no es sino un instante de deslumbramiento, por ahora. El joven se rebela, ensimismado, ante la hosca aparición del general Villate, Villota o Villete: ahora no precisa su nombre. Omnubilado escucha la voz de "firmes". Deniega. No quiere ser militar de esos, pero se ve así, en posición de parada militar inconmovible. La lumbre ha menguado poco a poco hasta desaparecer casi del todo, y él no sabe de nada, tal como antes no lo ha sabido. Todo ha sido tropeles de relámpagos. En esa posición lo encuentra la abuelita Laura, al cabo de muchos días. Pero él está dispuesto a ponerse "a discreción", ya, en el preciso instante de tomar las armas para entrar en una guerra que no le sabe explicar a élla. Se miran cara a cara sin parpadear un rato que a él le parece eternidad. Ahora los muros son visibles, el piso palpable, las alturas de banderas vivas. No precisa cuándo una amplia senda terminada en selva profunda, esplendorosa, rodeada de arboladura modernista, se le viene aproximando o él se le aproxima a élla de frente, el mundo invadido por cegante luz tropical. Al principio la abuelita Laura casi no lo reconoce. Pronto, cuando lo ve "a discreción" y da tres pasos por ella, lo bendice tres veces con su mano izquierda pensando en el hombre nuestro de cada día -como el pan. Entonces élla desaparece hacia su mundo cotidiano. Y el joven poeta existe ahora iluminado, sin saber si avanzar hacia la talvez senda amiga o hundirse de nuevo en el pórtico antiguo enchapado en cobre, helado, con aldabones de bronce patinado de orín.
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Inédito*

FUMAROLAS DE ABRIL

CAPITULO I*
Sin pensarlo porque carece de intención, no sabe por qué ni para qué anda. Va entrando al pórtico antiguo, enchapado en cobre y con aldabones de bronce patinado de orín. Altas paredes de piedra revegida, varicosa, maquilladas de verdín arcaico, que se prolongan indefinidamente, y por trechos periódicos dejan salida o entrada de corredores innumerables a ambos lados. Sus pasos resuenan en hueco, si se quiere en falsete, mucho más acompasados que las pisadas de él mismo. Tanto que llegan ensordecedores y desarticulados hasta sus oídos casi sellados y se los perforan dejando un cierto dolor medroso, sorpresivo. Mira de soslayo ante la insistencia de los taconeos, desconocidos aunque presuma que son sus mismos pasos, asaz en sordina irreconocible. Sorprendido y extraño de ojeadas en contorno sintiéndose perdido o perseguido por no se sabe qué sombras o qué voces inefables e inaudibles. De pronto un inesperado pasaje en tinieblas le sale al paso y le deja entrever sus entrañas de claroscuro apacible, solemne, impenetrable. Intenta entrar por él, pero un leve temblor en los músculos de la cara le parece el furtivo anuncio de alguna helada negativa. Continúa ahora escuchando su propio bordoneo de tacones, pero ya los siente en su cerebro, insólitos y sospechosos de inautenticidad. Empieza a ver, allá al fondo, una escasa vislumbre imposible de precisar. Sigue avanzando, más bien moviendo mecánicamente sus pies, invadido de zozobras y sin poder imaginar nada ni a nadie. Se detiene un poco a ver si alcanza a pensar en su vida, sus andanzas, su circunstancia; y no, no consigue entender ni hacer memoria de quién es, qué hace, dónde se encuentra, para dónde se dirige. Es que no llega a hacerse conciencia de sí mismo ni de su familia ni de los demás. Ahora le parece que alguna especie de sombra va delante, muy adelante, sin forma propia y sin dejar oír pasos ningunos sino que va metiendo no se sabe qué género de frío, un yelo que impregna todo el ambiente de pesadilla en que le parece existir. Evidentemente como que algo invisible o inexistente ambula ante él, muy adentro, que no quisiera dejarse identificar, ni siquiera detectar o percibir. Un lejano presentimiento de algo no precisable le invade el corazón y se lo deja pletórico de sinsabores y culpa de aquellas que lo persiguieron en su adolescencia y se le presentaron en sueños de brujas y de espantos. Pero ahora esas diabólicas apariciones soñadas antes se le figuran con sotana y otros hábitos religiosos que esparcen el aroma tintineante de sus camándulas y el aleteo delicado de sus cofias sagradas. La atmósfera del interior entrañada y umbría, no por culpa del sol sino por exceso de ese hollín etéreo o inmaterial, le impide ver algo, así sea a dos brazas de distancia. El acre fragancia de una mezcla de incienso y azufre disimulado por algún toque de tabaco en cocción, posiblemente alcanza a trascender al techo pétreo o metálico, que él adivinaría si buscara explicaciones y entendederas en las alturas. Hasta ahora no se le ha ocurrido siquiera balbucir una de esas oraciones que le enseñó la abuelita Laura, mucho menos repetir en silencio el Padre Nuestro que tanto machacó en sus años de monaguillo y catequista. Sus taconeos inarticulados, e insonoros ahora, según una posible presunción ya no son de él, pues a su perdida sensibilidad aparecen ajenos, de alguien que no está presente pero que sí está a través de las ondas supersónicas que llegarían del archivo del universo o sea la memoria del cosmos. Sinembargo él prosigue dando a veces trancazos, a veces pasos mínimos en la bruma, de todos modos vacilantes y ciegos hacia el frente, ya que no se atreve a dar media vuelta y retoceder. Algo podría quedar atrás, venírsele encima, poseerlo por amor o por venganza, vaya él a saberlo. Ahora le sale al paso un zaguán inmenso, caótico y desolado, que lo asedia cuando intenta evadirlo ya por la izquierda, ya por la derecha. Se ve impelido por quién sabe que fuerza de energía desconocida, y tiene que seguir: a él le parece que va retrocediendo hacia adelante, o algo por el estilo. Ineluctablemente ha de continuar por sitios inextricables, presumiblemente inexpugnable, que solamente pudieran haber existido en sus desvelos nocturnos cuando no quería dormirse para evitar las matemáticas visiones del Diablo encarnado en la persona del Padre Dávila, párroco de su pueblo natal. Siempre que intenta abocar una calle o un corredor o un zaguán, indefectiblemente palpa que algo o alguien lo detiene y le impide seguir por ellos en procura de salida, o aunque sea de una luz. Cada vez que una sombra o un ruido o una voz le ha indicado el peligro, él se ha imaginado un "detente, caminante", aunque sabe que ha perdido la capacidad de intuir y de entender. En ocasiones tiene la impresión de que muros, más que paredes, lo acosan por todas partes y su cuerpo danza aprisionado por una inmensa e intangible tenaza, que podría ser de vida pero también de muerte. Llega el momento en que le parece sentir urgencias de orinar, de plañir, de aullar, maldecir y hasta de llorar exclamaciones atronadoras, pero no se sabe qué instinto primitivo o qué presentimiento se lo atranca siempre que lo intenta. No hay duda: toda entrada tiene que tener una salida, así sea escabrosa o ignorada. Cuál y cuándo, es lo que él ignora y no imagina. Sonámbulo sigue y prosigue atolondrado por algo que continúa sin entender y no le permite cambiar de vientos, pues la brújula de su trayectoria se ha paralizado tal como su misma frente, su mismo destino o su propio periplo de lobreguez y cerrazón alcahuetas. Hasta este momento no ha habido derecho a un solo instante de entero raciocinio ni de voluntad. Una suerte de premonición al revés le abre un claro de aire, un tenue relámpago de plata en su mente. Es ahora cuando hace medio sueño de que estuvo en la batalla, que guerreó intensamente, practicó muchas y dolorosas marchas por entre la selva, pernoctó con sus tribularios bajo la maleza a pleno invierno cerrado, fue herido dos veces con tiros de fusil en combates diferentes, hubo de comer carne de mula y de mico salvaje, compuso canciones a sus guerreros y en esos tiempos soñaba con la liberación de los espíritus, se alimentó sin sal ni dulce durante cinco meses y medio... La casi conciencia de algo en su vida pasada lo martiriza ya que puede ser una mala conciencia, perturbación de su estado actual de inocente primigenio. Se asombra de habitar donde habita, de andar funanbuleando por atajos desconocidos y vírgenes, donde seguro nadie ha puesto sus plantas antes de él, o nadie más vuelva a repetir su viacrucis no religioso ni mistificador. Ahora le cae casi una ráfaga de duda: si no hubiera ido a la guerra, si hubiese encontrado alguna otra alternativa, si le tocaría otra vez, algún día o noche, repetir las peripecias de hombre alzado en armas sin ton ni son, solamente por acompañar a sus actores en la huida hacia la cordillera en una retirada que tal vez no se justificaría en cuanto a las mujeres, los ancianos y los niños. Pero no. Inmediatamente es atacado por la duda, el dolor, la desdicha, el abandono de todo incluso de sí mismo y del destino propio y ajeno, que le da igual. Recula ahora a lentos compases desequilibrados, de nuevo al margen de cualquier horizonte y de toda perspectiva geográfica o durable. El tiempo no cuenta para él ahora, ni el espacio es comprensible cuando solo es un embudo ciego, sin copa ni tubo de salida, ni no. Se tienta desnudo del todo, sin pena ni vergüenza, como purificado de toda veleidad y completa lujuria. Envuelto en tanta opacidad insoportable, acelera, trizca, galopa como si fuera el caballo "Azulejo" que le regalara su padre para hacerse buen jinete desde los cinco años de edad. En semejante tiniebla él no puede imaginarse ahora los secretos y tapujos de la abuelita Laura y la tía Ernestina, cuando le consiguieron la beca para el Seminario, a espaldas de don Pablo Antonio, compraron el ajuar, le midieron ropa y probaron zapato. Un estremecimiento helado y escabroso, un baño eléctrico de esos que ofrecía el cacharrero de su pueblo, le recorre todos sus miembros y sus venas. Neto robot avanza hacia el portalón. Parece que ya no se le escapa, pues sonríe esperanzado y su rostro se le ilumina de un fulgor al rojo vivo bajo la negrura sin límites. No se sabe cuánto tiempo duró aquella iluminación, aquel asombro ni aquella alegría, que desbordaron todas las perspectivas presentes. Lo cierto es que ahora, imperceptiblemente, se le han ocultado las paredes, el piso, los anhelos han desaparecido. Puertas, pórticos, portalones, zaguanes, pasillos, entradas y salidas se han esfumado. Esto no solamente se ha cerrado sino que se borró del todo y para siempre la esperanza y el mundo tenebroso. Sacude su cabeza y reacciona. La soledad de adentro y la de afuera de su materia corporal empiezan a recuperarse. Luego las piedras se van alejando, a los lados y arriba. Vuelven a iniciar su desvanecimiento las sombras subterráneas de su pecho y de los muros. En descenso ha venido perdiendo los ruidos, las voces cerradas y arcanas que él mismo nunca pudo escuchar bien pero está intuyendo dudosamente. Así, en actitud hierática viene desembocando en una glorieta interior, embebida en claridad, en solitaria lumbre, habitada por cuerpos reales y misteriosos inundados de ideales por alcanzar y destinos por cumplir a pleno sol. Sólo que esto no es sino un instante de deslumbramiento, por ahora. El joven se rebela, ensimismado, ante la hosca aparición del general Villate, Villota o Villete: ahora no precisa su nombre. Omnubilado escucha la voz de "firmes". Deniega. No quiere ser militar de esos, pero se ve así, en posición de parada militar inconmovible. La lumbre ha menguado poco a poco hasta desaparecer casi del todo, y él no sabe de nada, tal como antes no lo ha sabido. Todo ha sido tropeles de relámpagos. En esa posición lo encuentra la abuelita Laura, al cabo de muchos días. Pero él está dispuesto a ponerse "a discreción", ya, en el preciso instante de tomar las armas para entrar en una guerra que no le sabe explicar a élla. Se miran cara a cara sin parpadear un rato que a él le parece eternidad. Ahora los muros son visibles, el piso palpable, las alturas de banderas vivas. No precisa cuándo una amplia senda terminada en selva profunda, esplendorosa, rodeada de arboladura modernista, se le viene aproximando o él se le aproxima a élla de frente, el mundo invadido por cegante luz tropical. Al principio la abuelita Laura casi no lo reconoce. Pronto, cuando lo ve "a discreción" y da tres pasos por ella, lo bendice tres veces con su mano izquierda pensando en el hombre nuestro de cada día -como el pan. Entonces élla desaparece hacia su mundo cotidiano. Y el joven poeta existe ahora iluminado, sin saber si avanzar hacia la talvez senda amiga o hundirse de nuevo en el pórtico antiguo enchapado en cobre, helado, con aldabones de bronce patinado de orín.
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Teatro A

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Teatro B

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Hipólito Rivera, Jorge Eliécer Pardo, EUTIQUIO LEAL, Dario Ortíz Vidales y Carlos Orlando Pardo